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Diego Olivera Couto

Trayectoria

En diez segundos

Trabajador social y magíster en Políticas Públicas. Prosecretario general de la Intendencia de Montevideo. Trabajo e investigo en políticas sociales, de drogas y de convivencia. Nací en Montevideo y escribo desde acá.

Un poco más

Nací en Montevideo en 1979 y eso no es solo una casualidad. Soy de Montevideo: aquí se construyeron mi identidad y mi historia. Crecí entre Atahualpa y Brazo Oriental y de bastante chico tuve la posibilidad de andar por distintos barrios. La Ciudad Vieja, el Club Albatros, el Parque Posadas, luego Casavalle, donde íbamos con otros compañeros a trabajar en la obra de Padre Cacho. Luego amigos y murga joven en Reducto y la Aguada. Hacer carnaval es recorrer la ciudad. Era el mismo Montevideo, pero también otro. Visto en retrospectiva, es posible distinguir recurrencias y discontinuidades. Una ciudad con los pies en Latinoamérica y la cabeza y la memoria mirando a Europa. Una capital a la que le costaba reconocer y enfrentar sus problemas, sus fracturas, salir de la mirada autocomplaciente.

Desde temprano me interesó la historia y la política. Leía bastante y con voracidad. En especial sobre Uruguay y su pasado reciente, que por entonces era mucho más reciente y marcaba buena parte de la agenda de un país que buscaba un camino para insertarse en el siglo XXI, consciente de sus fortalezas, pero sin poder levantar sus anclas. En ese país sentí que las ciencias sociales eran un espacio posible de desarrollo profesional donde trabajar no fuera solo una peripecia personal. No estaba dispuesto, y así sigo, a concebir proyecto colectivo e historia individual como instancias separadas. De las carreras ofrecidas elegí Trabajo Social, aunque no fue la primera opción, sí era la que permitía una traducción bastante directa entre el pensar y el hacer. Hacer en el sentido de estar presente, sin la intermediación del análisis de escritorio. Y aunque muchas veces no encontré en la carrera respuestas que considerara muy relevantes, comencé un camino que me iba a acompañar durante años, y que en buena medida me sigue acompañando.

Ser trabajador social no fue solamente, ni principalmente, ostentar un título. Fue desarrollar una práctica, un oficio, una serie de disposiciones, ideas y vínculos. Y me tocó hacerlo en plena poscrisis de 2002, con las heridas expuestas de una sociedad cuyas fracturas pasaban a ocupar un lugar central en el cotidiano, donde ya no era posible mirar para el costado, aunque no faltaban quienes se empeñaban en hacerlo. Trabajé un tiempo prolongado en programas para niños, niñas y adolescentes en calle. En Colón, Paso Molino y luego Las Piedras. Presencias que se habían instalado como parte del paisaje urbano, sobrevivientes de la violencia barrial e institucional, del consumo de pegamento, del hambre en la casa, de los barrios sin servicios, de escuelas que expulsaban. En la organización El Abrojo aprendí además a construir una práctica tejiendo en la frontera de las instituciones. Encendiendo la mecha desde la calle misma, hincados para conversar de igual a igual con un botija, cargando siempre un termo con leche caliente y una mochila con juegos y cuadernos.

De esa época es la aparición repentina y violenta de la pasta base, que fue y es mucho más que una sustancia psicoactiva. Llegó y dio vuelta la dinámica de los barrios populares, de las formas de consumir, de estar en calle y de conseguir el mango para el próximo chasqui. Un mercado de pobres para pobres, pero donde la renta se la quedan los de siempre. Para todos fue un golpe ante el cual no sabíamos bien cómo reaccionar, ni cómo entenderlo con las claves interpretativas que teníamos hasta entonces. ¿Había que buscar el problema en el cerebro de los usuarios, en la perversidad de los traficantes o en una sociedad que había acumulado generaciones de excluidos?

A partir de 2012 tuve la oportunidad de liderar la creación y despliegue de un programa de escala nacional para jóvenes de sectores populares, signados por la interrupción temprana de las trayectorias educativas, la imposibilidad de encontrar un lugar en el mercado de trabajo y la necesidad de asumir, muy jóvenes, la responsabilidad de ser jefas y jefes de hogar. Jóvenes en Red me permitió recorrer el país, en un programa de políticas sociales que puso la proximidad territorial en primera línea. Partía de una idea: no alcanzaba con una transferencia monetaria para cambiar trayectorias si no se iba al encuentro directo, con el trabajo territorial como escenario principal. Llegamos a más de 6000 jóvenes en el transcurso de los dos primeros años, en los que nos insertamos en cuarenta y pico de barrios distribuidos entre el área metropolitana y el norte del país.

Con los años entendí que la pregunta que nos hacíamos frente a la pasta base estaba mal planteada. El problema no estaba solo en el cerebro de los usuarios, ni solo en los traficantes, ni solo en la exclusión: estaba en una política que juntaba las tres cosas y las resolvía con la cárcel. Décadas de políticas de drogas que criminalizaban la pobreza, sin ofrecer más tratamiento que las rejas, eran una parte esencial del problema. Por eso, cuando me tocó ser la autoridad política de drogas y formar parte del equipo que implementó el primer esquema del mundo de acceso legal a la marihuana, llegué con una convicción que el sentido común insistía en negar: la política social y la política de drogas son planos de la misma realidad. Para proteger a los jóvenes de las drogas, lo principal es no regalarle el mercado al narcotráfico. Y eso es precisamente lo que hace la prohibición. Aquel fue un momento en el que Uruguay se volvió global. La regulación del cannabis no llegó sola: fue parte de una agenda de derechos que en poco más de un año también legalizó la interrupción voluntaria del embarazo y aprobó el matrimonio igualitario. Este pequeño país del sur puso en las portadas del mundo que salir de la prohibición no solo era deseable, sino también posible. Y hubo que defender el proyecto frente a opositores locales e internacionales. Sostener que lo que se estaba haciendo no era una locura, sino parte de un proceso democrático de ejercicio de la soberanía. Y en la ONU reivindicamos nuestro derecho a construir una alternativa, aunque incomodara. Dijimos que era posible cuidar la salud y proteger a los usuarios en un marco de regulación de mercados. Más aún, que las perspectivas que se abrían en ese contexto de sinceramiento y descriminalización iban a entregar mejores resultados.

La aceleración que transité desde el hacer tuvo en 2020 un giro. La pandemia global también coincidió con cambios en la situación política local y con la oportunidad de tener más tiempo para pensar, para estudiar y para escribir. Fueron años de asesoría parlamentaria y debate público. La experiencia de ser parte del panel de Esta boca es mía y llegar día a día a miles de hogares uruguayos fue más que interesante, aunque de arranque no esperaba demasiado de eso. Me obligó a explicar políticas complejas a gente que no pensaba como yo, sin la comodidad de hablarle a los convencidos.

Finalicé la maestría en políticas públicas que había comenzado, y la tesis me permitió plasmar una revisión de la regulación del cannabis en Uruguay a diez años de la aprobación de la ley madre, con elementos que intentaron aportar a una discusión sobre el futuro. Ese análisis calmo, sin la presión de sostener la defensa cotidiana del modelo, me permitió ver también sus errores, que fueron nuestros: su exceso de regulación, su visión prejuiciosa del comportamiento de los usuarios adultos, su estatismo por momentos asfixiante.

Hoy mi lugar es el gobierno departamental: ser parte responsable del bienestar y la convivencia de la ciudad que me vio crecer. Volver al Paso Molino, donde empecé, pero ahora para trabajar con los comerciantes, ordenando el espacio público. Mirar la misma esquina desde el otro lado y descubrir que es más difícil de lo que parecía desde la calle. Entrar nuevamente a barrios donde la vida es complejidad, como Boix y Merino en Malvín Norte, para que el Estado no sea solo fuerza de choque, sino cercanía y apoyo. Aunque los desafíos sean enormes, aunque el esfuerzo sea grande y el contexto a veces no ayude, cada día me levanto con ganas de empujar un poco más. Y seguir creyendo, como al principio, que la respuesta es en colectivo.

Montevideo, 2025
Montevideo, 2025

Investigación y publicaciones

2021
Hacia una nueva regulación del cannabis
Congreso Internacional del Observatorio Europeo de Cultivo y Consumo de Cannabis

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Última actualización: octubre de 2026.